Esta semana fue una excelente oportunidad para que veamos todos, si nuestras acciones se condicen con lo que decimos.
Hay un paralelo en estas celebraciones que tiene que ver con la libertad, con la espiritualidad, con dar el paso hacia algo nuevo y mejor, que vale la pena destacar, y que nos puede servir para nuestras vidas, seas creyente, agnóstico, ateo, indiferente, o sigas más filosofías orientales.
Obtengamos la fuerza para preservar en el bien, buscando el Bien que no defrauda. Apresurémonos dijo el Papa en su mensaje Urbi et Orbi, a crecer en un camino de confianza recíproca, entre las personas, entre los pueblos y las naciones. Apresurémonos a superar los conflictos y las divisiones, y a abrir nuestros corazones a quien más lo necesita. A recorrer senderos de paz y de fraternidad.
Los espacios al aire libre en el hogar cumplen muchas funciones. Plantaciones aromáticas, cenadores románticos. Una plataforma de yoga. Saunas prefabricadas. Baños de inmersión portátiles. Una ducha al aire libre. Y muebles cómodos que aguanten las inclemencias del tiempo.
Más de veinte mil personas rezaron en la evocadora celebración del Viernes Santo a lo largo de los Foros Imperiales. En las catorce estaciones, el dolor de las víctimas de la guerra, la injusticia y la pobreza que invocan de Dios los dones de la esperanza, la conversión, el diálogo y, sobre todo, el perdón. Francisco, a causa del frío, y para cuidar su salud siguió desde su residencia, el Vía Crucis. El cardenal vicario De Donatis dirigió la celebración.
Lo que vimos en La Matanza y en la avenida General Paz es mucho más que un hecho brutal de inseguridad y una reacción ciudadana que incluyó el ataque físico contra un funcionario. Vimos en carne viva el drama de la Argentina. Vimos a una sociedad impotente, harta de vivir con miedo, que se siente abandonada por el Estado y subestimada por el poder. Vimos a vecinos con una inmensa carga de frustración acumulada. Y asistimos a la expresión de algo que se ha naturalizado y que la política observa desde la lejanía de despachos y helicópteros: el sentimiento de gente que vive con el corazón en la boca porque sabe que un motochorro le puede arrebatar su vida o la de sus hijos en cualquier esquina.