Director: Silvio Verliac              

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Concordia respira follaje. El Jardín Botánico no solo ofrece descanso: es parte del paisaje productivo y emocional de la ciudad. El verde invita a permanecer.

 

Caminar por el Jardín Botánico de Concordia es descubrir que lo nativo también puede ser extraordinario. Allí, donde el Parque San Carlos / Rivadavia se abre en claros y senderos, florece una reserva que parece menor en el mapa pero inmensa en intención.

Su nombre, Ca’a Porá, significa “vegetación hermosa” en guaraní. Ese guaraní, se ajusta con precisión al paisaje que propone: un monte reordenado, una escuela abierta, un respiro.

Inaugurado en 1997 y rebautizado en 2006 con el nombre de su creador, el ingeniero agrónomo Aníbal Carnevalini, el jardín ocupa unas ocho hectáreas y es el primero en su tipo en Entre Ríos.

No se luce desde el aire como un parque nacional. Pero resguarda más de 500 especies vegetales —la mayoría autóctonas— distribuidas en zonas temáticas: sistemática, hidrófila, arbórea. Cada rincón tiene una lógica, y cada lógica, una memoria.

Hay árboles centenarios junto a ejemplares jóvenes, un arboretum que funciona como catálogo viviente del litoral, y estanques naturales con aves, peces y vegetación acuática. La biodiversidad no es exhibida, sino compartida: el Ca’a Porá se recorre como quien se adentra en una conversación que empezó antes y sigue sin apuro.

Desde el municipio y universidades públicas se lo sostiene con actividades educativas, producción de plantines y pequeños relevamientos.

También se lo cuida con lo que no siempre se dice: trabajo silencioso, poda respetuosa, manos que ralean, guían y preparan. Como toda obra botánica, su grandeza está en los detalles.

El Jardín Botánico no es solo un espacio verde, sino un museo vivo de la flora regional del litoral entrerriano y zonas cercanas.

Entre sus más de 500 especies destacan ejemplares emblemáticos de la flora autóctona, muchas de ellas con una historia natural y cultural que habla de la identidad local.

Algunas especies destacadas:

  • Ubajay (Myrcianthes pungens): arbusto con frutos pequeños, dulce aroma y uso tradicional en la región.
  • Guayabo blanco (Eugenia uniflora): pequeño árbol o arbusto con frutos comestibles y hojas aromáticas.
  • Palo cruz (Luehea divaricata): árbol robusto, muy utilizado en carpintería regional.
  • Laurel blanco (Prunus laurocerasus): arbusto denso, común en jardines.
  • Viraró (Baccharis articulata): arbusto típico de orillas y pastizales.

Además, el jardín cuenta con un arboretum que conserva árboles jóvenes y centenarios, algunos con más de 40 años de antigüedad, que permiten observar la sucesión y evolución del paisaje.

Los estanques y zonas hidrófilas conforman ecosistemas integrados donde aves acuáticas, peces, insectos y plantas conviven, generando un microcosmos de vida que es un refugio para la biodiversidad urbana.

El Jardín Botánico se sostiene, más allá de su origen institucional, como un gesto amable de la ciudad hacia sus propias raíces: un bosque donde lo nativo encuentra espacio para anunciarse sin urgencia.

Desde el ubajay y el guayabo hasta los reflejos en los estanques, este jardín habla de continuidad —la suya, la nuestra— y de una forma de vida que no reclama titulares, pero sí perdura.

Su abrazo vegetal funciona como una invitación suave: quedate un rato, mirá de cerca y lejos, respirá hondo.

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