Por Silvio Verliac – Nos avisaron al mediodía: “Murió Silvina Luna”. Nos parece una triste noticia que no quisimos adelantar, porque creemos que todo lo que implicaba está impregnado del ideal de belleza que enferma y mata. A mujeres y hombres, que como sociedad, y desde los medios, que exponemos y comerciamos – nos incluimos por elegancia – exacerbamos. Ese “ideal” que lleva a obsesionarnos con la apariencia, y no con la esencia.
De Silvina, todos los días su agonía fue reproducida hasta el infinito.
La mirada de los otros, que a veces tanto nos importa, nos hace no disfrutar de hacer ejercicio ni una alimentación saludable, más bien de una tortura a la que sometemos a nuestros pobres cuerpos.
Terminamos siendo un envase vacío. Un envase, no contenido.
En Concordia también tenemos casos.
Demasiado hemos vivido para pensar que algo cambiará, porque lo tenemos incorporado socialmente: gorda, gordo, negra, negro, flaca, pelado salen de nuestras bocas casi sin filtro.
Un saludo, y el “qué grande que estás”, “se te ve igual, se te ve bien, se te ve mal”, y no nos detenemos luego, un segundo a pensar, en la piedra que le agregamos en la mochila a la otra, al otro.
Millones se mueven en el mercado de la belleza. Desde salones, farmacias con productos, cirujanos, gimnasios, largo etcétera con la infaltable complicidad de nosotros los medios, que machacamos y machacamos, porque hay que verse joven, adolescentes eternos.
No importa tanto si sos buena persona, si alimentás el intelecto, el alma, el espíritu. Importa la imagen.
Las redes sociales contribuyen. Hacemos de nuestras vidas, un paisaje, mostrándonos siempre sonrientes. La tristeza o una cara demacrada por el cansancio diario, no pagan.
Y así seguiremos por la vida, tirando dardos venenosos para otras y para otros, y tomando un poco de ese veneno, nosotros mismos, hasta que aprendamos que nos vamos a morir un día, por lo que sería necesario, vivir, y dejar vivir.