Director: Silvio Verliac              

Chalup

EDITORIAL // El desplazamiento de Santiago Caputo no solo implica un cambio en el círculo íntimo de Javier Milei. Expone una fisura en la arquitectura narrativa del gobierno, que no se explica solo por internas sino por un posible agotamiento del relato. ¿Quién puede narrar, sostener y resignificar el proyecto libertario?

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1. El fin de una etapa

Santiago Caputo, “el verdadero arquitecto”, como lo llamaba el propio Javier Milei, se aparta —o lo apartan— del centro estratégico de la comunicación del gobierno nacional. El hecho no es menor: Santiago Caputo no solo organizó el relato de campaña, sino que consolidó una narrativa de confrontación, fe mesiánica y guerra cultural permanente. Lo hizo con herramientas digitales, recursos de la ultraderecha internacional y un timing que hasta ahora parecía infalible.

Su salida llega cuando el relato empieza a crujir: la economía no arranca. Ni la “casta”, ni el kirchnerismo, ni el progresismo parecen hoy suficientes para sostener el fuego sagrado amigo - enemigo del mileísmo.

2. No solo comunicación: poder simbólico

Caputo no era solo un vocero. Era el narrador del cuento. Y en política, como escribió alguna vez Norberto Bobbio, “el poder necesita ser creído”. Sin una trama que otorgue sentido al ajuste, sin una épica que justifique el dolor, el poder se vuelve apenas administración. Y la administración, por sí sola, no enamora.

3. ¿Quién ocupa ese lugar?

Hoy no está claro quién ocupa el rol de nuevo narrador. El vocero Adorni repite frases, pero no construye relato. Karina Milei ordena, pero no seduce. Y el propio presidente parece encerrado en un loop: retuitea elogios, lanza insultos, pero ya no sorprende. En la política de la posverdad, la repetición agota más rápido que el error.

4. La narrativa como recurso estratégico

La comunicación política no es una función técnica, sino una forma de gobernar desde los símbolos. La política contemporánea se juega en la capacidad de dotar de sentido las acciones. La comunicación es también una forma de representación: allí donde falla, crece la desafección.

Si Caputo se va, no se va solo un asesor. Se resquebraja el relato fundador de un gobierno que se vendió como único, salvador y antipolítico. Sin esa estructura, el riesgo no es solo perder popularidad, sino quedar mudo frente a los hechos.

5. ¿Hay reemplazo?

En medio de un gobierno hiperconcentrado en la figura presidencial, cuesta ver nombres que puedan asumir ese rol. ¿Aparece alguien en el entorno? ¿Se barajan nuevos estrategas? La lógica del secreto lo impide, pero también delata: si no hay reemplazo visible, es que no hay plan de sucesión simbólica.

Y en política, todo poder necesita una voz que lo narre, incluso en su crisis.

6. La escena que viene

La narrativa del mileísmo debe reconfigurarse. O muta, o muere, ya que quien no logra articular un relato comprensible y movilizador en la era de las redes, queda fuera del juego. Y Milei, más allá de sus gestos o desplantes, necesita seguir en el centro del tablero.

7. ¿Quién narra ahora?

El estilo caótico y provocador de Santiago Caputo, fue el combustible que encendió la épica digital del mileísmo. Pero su desplazamiento representa algo más que un cambio personal o político: es un quiebre en la función simbólica y narrativa del poder.

La comunicación no es solo transmisión de información, sino un proceso complejo de construcción de significados.

Esa construcción es clave para definir la identidad colectiva y legitimar la acción política. Cuando ese relato falla o desaparece, se debilita la conexión entre gobernantes y gobernados, y crecen la incertidumbre y el rechazo social.

El poder político se sostiene en la capacidad de imponer discursos hegemónicos que articulen sentidos y consensos sociales. La comunicación política es un acto estratégico para sostener la legitimidad, no un mero canal informativo.

Este vacío narrativo que deja Santiago Caputo no puede ser llenado simplemente con discursos técnicos o gestiones administrativas.

La política contemporánea, en un contexto fragmentado y saturado de voces, exige relatos flexibles, conectados con las emociones y realidades cotidianas.

En la era digital la narrativa política se convierte en batalla simbólica en redes, y quienes controlan esa narrativa tienen ventaja estratégica.

En síntesis, la comunicación política en el mileísmo no es un accesorio: es la columna vertebral del proyecto. Su reconfiguración interna anticipa desafíos para la legitimidad y la gobernabilidad.

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