Director: Silvio Verliac              

Apelaremos a este grupo sintáctico, a esta expresión, en dos direcciones: una, a creer que el objetivo es posible, como ya se reseñó en artículos anteriores en este medio. Aunque este no es el verdadero sentido de la expresión de Samuel Coleridge cuando la acuñó, pero tiene todo que ver en la segunda dirección: como espectadores, acá, en Qatar, donde sea, veremos un juego, y por unas dos horas, sabiendo que es un partido de fútbol, suspenderemos la incredulidad, y creeremos que hay algo del orgullo nacional que se juega allí, que hay algo que va a cambiar para nosotros si es que ganamos, aunque sabemos que no es así, como lo señala un joven Alejandro Dolina.

Un poco de historia

La suspensión de la incredulidad es una expresión, acuñada por el poeta y filósofo Samuel Taylor Coleridge en 1817, que se refiere a la voluntad del espectador/lector/jugador de aceptar como ciertas las premisas sobre las cuales se basa una ficción, aunque sean fantásticas o imposibles.

Aristóteles planteó este concepto de verosimilitud en su Poética, aunque no le dio un nombre preciso. Ahí postula que para convencer a alguien (a lectores y espectadores, por ejemplo) es preferible una mentira creíble que una verdad increíble.

Samuel Taylor Coleridge vivió los aires revolucionarios de fines del siglo XVIII y principios del XIX. Coleridge nos interesa en tanto introduce lo ficcional, lo fantástico e incluso lo sobrenatural como género a partir de un sintagma que lleva su firma, con el que repasa su propia producción y queda plasmado en la Biographia Literaria de 1817. Se refiere allí a sus creaciones como sombras de la imaginación, personajes incluso sobrenaturales que pueden tener una apariencia de verdad suficiente con una condición: la suspensión (voluntaria) de la incredulidad, la cual constituye  la fe poética.

Fe poética, fútbol, psicoanálisis incluso, pueden tratarse con la suspensión de la incredulidad. Creamos (de creer) por un rato entonces,  en las dos direcciones que hablamos al principio del artículo.  Por Silvio Verliac

  • Un agradecimiento muy especial al Dr. Juan Carlos “Bambino” Tironi.

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