El lunes pasado, el dueño de la cafetería Dalchemist del barrio porteño de Las Cañitas redujo a un adolescente que había robado el celular a una clienta que se encontraba dentro del lugar. Pero, antes de que se lo lleven detenido, le ofreció trabajo su comercio, al no poder aceptarlo por ser menor, finalmente su hermano de 17 se quedó con el empleo y ya tuvo su primer día.
El chico se llama Martín G., tiene 15 años y vive en la localidad de José C. Paz con su papá y sus tres hermanos, Lucas de 17, Facundo de 20 y Walter de 22. Tiene el mismo nombre de pila que el dueño del restaurante: Martín Moschioni.
A principios de esta semana, la vida de Martín y la de su familia, era otra. El 18 de abril, el menor se llevó un teléfono de la mesa de una clienta del restaurante. La historia podría haber terminado ahí, como una más de tantas que quedan en un arrebato o en la detención de un delincuente, pero no. Porque Moschioni decidió que esta vez fuera distinto y le tendió una mano que el chico jamás pensó recibir, y que lo hizo llorar, detalla Clarín.
Martín se fue a la Comisaría con la promesa de volver apenas lo liberaran de su detención. A esa promesa el otro Martín nunca lo olvidó, aunque en un punto dudó de que se cumpliera. Sin embargo, el chico de quince años volvió el martes 19 junto a su padre y su hermano Lucas a tocarle la puerta a Moschioni, con un pedido de perdón y un mensaje claro: “Vengo por el laburo”.
Según Clarín, Moschioni asegura que todavía “no cae” por todo lo que ocurrió debido a su decisión de brindarle trabajo a Martín. Él reconoce que aquella noche lo que lo motivó es que sabía que era el momento de hacer algo por ese chico que acababa de entrar a robar a su negocio y a quien de pronto vio débil, asustado y pequeño: “Este pibe no tenía maldad, ya cuando lo vi quejarse del dolor en el piso tuve miedo de haberle quebrado algo cuando me tiré sobre él, pesa 55 kilos”.
“Cuando pasó lo del robo y lo detuvieron, la barista se acercó a preguntarle la edad y el nombre, y después vino y me dijo: ‘tiene quince años, se llama Martín como vos’. Eso fue terrible. Después dudé tres veces en salir, hasta que me animé. Salí y lo vi sentado y esposado y le dije: ‘escuchame, vos cuando necesites laburo yo te voy a abrir la puerta, o si necesitás un plato de comida vení y pedímelo’”.
“Ahí él se puso a llorar y me dijo: ‘mañana cuando salgo, lo vengo a ver’. Yo le respondí: ‘dale, te espero’. Mi primer pensamiento fue el de ‘bueno, con esto ya está, quiere escaparse y que nadie lo vea’. Pero el martes a las cinco de la tarde, cuando todos los medios se fueron, apareció él con su papá y su hermano”.