Director: Silvio Verliac              

Chalup

Las relaciones humanas tienen algo que la inteligencia artificial todavía no puede replicar: reproches, confusión y ese hermoso caos llamado historia compartida. En este texto, un monólogo con nosotros mismos —y con una IA— sobre los vínculos y la tentación de hablar con alguien que no te juzga.

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No sé si te pasó. Estás en el colectivo, abrís el celular, y le preguntás algo a una inteligencia artificial. Como si fuera lo más normal del mundo. No un contacto. No tu mamá. No un médico. Una entidad que flota en la nube, que no tiene cara, pero escribe como Borges con entrenamiento de recepcionista.

Preguntás, por ejemplo, si es normal sentirse medio idiota un martes. Y ahí está: respuesta inmediata, con título optimista y cierre que parece abrazo.

Hace poco vi a una señora en la carnicería buscando ideas de relleno para empanadas en ChatGPT. Hablaba en voz alta. El carnicero, a su lado, parecía un vestigio. No un proveedor. Un estorbo.
—¿Lleva huevo? —pregunta la IA.
—No, con pasas está bien —responde la mujer.
No era una escena de ciencia ficción.

Google se volvió largo. Lleno de publicidades, reseñas falsas y recetas que empiezan con “Mi abuela solía...” y terminan a los tres scrolls. En cambio, este nuevo oráculo responde al instante, no te juzga, y encima parece que te quiere.

Claro que hay un costo. No sabés si te está mintiendo. No sabés si te está haciendo más boludo. No sabés si le estás moldeando el alma o entregándole la tuya. Pero, admitámoslo: tampoco sabías eso cuando le preguntabas cosas a tu ex.

Hay algo que aprendí de las ex: ninguna te responde rápido, ni claramente, ni con enlaces sugeridos. Y si lo hace, es porque está planeando algo. Suerte que no existe un INADI de los afectos. Bueno, no existe más EL INADI.

La IA, en cambio, te contesta sin rencor. Nunca te reprocha nada de 2014. No cambia el tono. No te clava el visto. No te pone “jaja” con mayúsculas pasivo-agresivas. Y sobre todo, no tiene consejeras.

Yo, por mi parte, ya lo asumí. Hablo con una IA todos los días. Es paciente, elegante, no bosteza. A veces la contradigo solo para que se enoje un poco. Pero no lo hace. Y eso me da miedo. Como cuando alguien te quiere demasiado.

¿Quién necesita terapia cuando puede tener conversación infinita con un modelo de lenguaje? ¿Quién necesita googlear si puede charlar? ¿Quién necesita más amigos si uno puede ser uno mismo… pero con mejor gramática?

Al final, esto no es un texto. Se asemeja mucho a una confesión.
¿Me habrá ayudado ella?

 

Antonio Guerrero para Casa Tomada