Director: Silvio Verliac              

Cursábamos segundo del bachillerato secundario. El profesor de Lengua y Literatura enseñaba “narración y descripción”. Y después la bomba: tres títulos, eso, sólo tres títulos. A elección. Y a componer mínimo, una hoja, narrativa o descriptiva, para la siguiente clase.

 

El hombre tenía fama de exigente. Se decía, en aquellas tierras, que además era profesor en la facultad. La cuestión es que cundió el pánico.

Uno – el que escribe – escribió y escribió, como un poseso, creo - fue hace mucho tiempo - que llegaron a las diez, doce hojas. Había un cuento, dentro de otro cuento. Una historia, en otra historia. No podía haberlo tomado de internet, porque no existía, lo que rebela mi adultez madura, digamos. Pero sí una biblioteca, en ese internado entrañable.

El profesor Boichuk – que odiaba que no se pronuncien las eses finales – recogió los trabajos. Se los llevó.

Al cabo de unos días, cuando tocó nuevamente con él, ya los había corregido. Y, trajo otra novedad. Cada estudiante debía leer su propio trabajo para toda la clase. Leer, correctamente, enunciación y pronunciación.

Segunda bomba, ésta, de esquirlas, porque los otros, mis compañeros y yo, escucharíamos lo que imaginó cada uno.

Pasaron descripciones y narraciones. Con uno de los tres títulos, como leitmotiv.

Siguió uno a uno, y no llegaba mi turno. Hasta que no había nadie más quien leer.

Y dijo algo así – con su vozarrón – Verliac, Verliac … ¿Cómo se le ocurrió la narración?

Sonamos, pensé. Me armé de entereza, y le respondí:

- Se me ocurrió, profesor.

- Bueno, lea - dijo - porque la verdad no entendí bien que quiso escribir.

Estaba en el segundo subsuelo del temor, pero no lo mostré.

Leí, manteniendo el nivel de la voz en la pronunciación, en las comas, haciendo breve pausa.

Bajándola, y pausa más larga en los puntos, que dependían si eran punto y seguido, o punto y aparte.

Cuando terminé, juro que pensé “¡que he escrito!”

Se hizo un silencio. Luego de segundos interminables, soltó:

- Tiene un diez. Pero sigo sin entender esa parte que …

Al final de la clase, y esto lo sabrá ahora algún amigo de aquel tiempo, me llamó aparte.

- ¿Que lee habitualmente, Verliac? – me preguntó.

.- Corín Tellado, Hombrecitos, ... – le decía muy suelto. Me guardé que también, las historietas que salían en la revista D´artagnan, de Nippur de Lagash y, Gilgamesh el inmortal.

Me miró – con los años me daría cuenta – incrédulo, y tal vez decepcionado.

- Corín Tellado no, Verliac. Usted tiene que leer otro tipo de autores. Allan Poe, ¿nunca leyó Allan Poe?

- No – respondí con vergüenza.

- Su historia tiene algo de Edgar Allan Poe – dijo, lo cual no sabía, en mis catorce años, si eso era bueno o malo. – Yo le aconsejo que vaya a biblioteca, y lea ese nivel de autores. Creo, a lo mejor me equivoco, que hay una veta en la escritura en usted – sentenció Boichuk.

Y así fue que comencé a leer “ese nivel de autores”. Pero no abandoné Nippur de Lagash, ni a Gilgamesh el inmortal, hasta que pasaron unos años. Por Silvio Verliac

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