Alguna vez, la pareja fue un destino. Una estación intermedia entre el deseo y la familia, entre el proyecto y la tranquilidad. En la adultez media —esa franja incierta entre los 40 y los 60— se esperaba que la pareja estuviera consolidada, como parte de lo logrado. Hoy, esa certeza se ha desdibujado.
Como señala Eva Illouz, “la modernidad ha transformado el amor en una experiencia marcada por la incertidumbre y la negociación constante” (Illouz, 2012). Cada vez más personas transitan largos periodos sin pareja estable. Algunas lo viven con alivio, otras con duda, otras con una nostalgia que no termina de encontrar un nombre. Lo cierto es que ya no es excepcional. Es un fenómeno silencioso, y masivo.
1. Un mundo más inestable
Las estructuras duraderas —trabajo, barrio, familia, pareja— han perdido fuerza. Lo estable ha sido reemplazado por lo flexible. En ese contexto, el amor también se volvió más frágil: quizás menos promesa, y más experiencia. El filósofo coreano-alemán Byung-Chul Han describe esta realidad como “la sociedad del cansancio, donde la hiperexigencia y la inmediatez erosionan nuestra capacidad para el compromiso profundo” (Han, 2012).
2. Muchas opciones, poco encuentro
La multiplicación de vínculos posibles no trajo necesariamente más compañía. Como en otros aspectos de la vida contemporánea, la abundancia produce dispersión. Hay una hiperoferta afectiva con poca profundidad emocional. Y a veces, el deseo se fatiga. El psicólogo Barry Schwartz explica esta paradoja: “cuantas más opciones hay, más difícil es elegir, y más insatisfechos estamos con lo elegido” (Schwartz, 2004).
3. Del proyecto a la pausa
Quienes han vivido relaciones intensas o conflictivas entran, a veces, en una forma de retiro. No siempre es resignación. Puede ser una forma de cuidado, de reconfiguración, de pausa necesaria. No buscar pareja no siempre significa estar solo. Anthony Gidden dice que en la modernidad reflexiva las relaciones se vuelven un proyecto constante de construcción y reconstrucción de identidad y de sentido (Giddens, 1992).
4. Otras formas de estar acompañado
La amistad, el cuidado mutuo, el tiempo propio, los vínculos sin nombre, la comunidad pequeña. La plenitud según parece ya no pasa necesariamente por una pareja tradicional. Hay nuevas formas de acompañarse, incluso en la distancia y hasta el silencio. Un parate afectivo de pareja no siempre es un vacío. A veces puede ser una forma distinta - transitoria o no - de estar en el mundo.
S.V.
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