Un poco de contacto con el verdadero conocimiento hace menos aceptables las fantasías. La influencia de la ciencia sobre la vida humana.
“El método científico, si bien en sus formas más refinadas puede juzgarse complicado, es en esencia de una notable sencillez. Consiste en observar aquellos hechos que permitan al observador descubrir las leyes generales que los rigen. Los dos períodos — primero, el de observación, y segundo, el de deducción de una ley— son ambos esenciales, y cada uno de ellos es susceptible de un afinamiento casi indefinido; pero, en esencia, el primer hombre que dijo: «el fuego quema», estaba empleando el método científico; sobre todo, si se había decidido a quemarse varias veces.
Este hombre había ya pasado por los dos períodos de observación y generalización. No tenía, sin embargo, lo que la técnica científica exige: una elección cuidadosa de los hechos relevantes, por un lado, y por el otro, diversos medios para deducir leyes, aparte de la mera generalización.
El hombre que dice: «los cuerpos sin apoyo en el espacio caen», ha generalizado simplemente; y puede ser refutado por los globos, las mariposas y los aeroplanos. En cambio, el hombre que conoce la teoría de los cuerpos que caen, sabe también por qué ciertos cuerpos excepcionales no caen.
El método científico, a pesar de su sencillez esencial, ha sido obtenido con gran dificultad, y aún es empleado únicamente por una minoría, que a su vez limita su aplicación a una minoría de cuestiones sobre las cuales tiene opinión. Si el lector cuenta entre sus conocidos a algún eminente hombre de ciencia, acostumbrado a la más minuciosa precisión cuantitativa en los experimentos y a la más abstrusa habilidad en las deducciones de los mismos, sométalo a una pequeña prueba, que muy probablemente dará resultado instructivo.
Consúltele sobre partidos políticos, teología, impuestos, corredores de rentas, pretensiones de las clases trabajadoras y otros temas de índole parecida, y es casi seguro que al poco tiempo habrá provocado una explosión y le oirá expresar opiniones nunca comprobadas con un dogmatismo que jamás desplegaría respecto a los resultados bien cimentados de sus experiencias de laboratorio.
Este ejemplo demuestra que la actitud científica es en cierto modo no natural en el hombre. La mayoría de nuestras opiniones son realizaciones de deseos, como los sueños en la teoría freudiana.
La mente de los más razonables de entre nosotros puede ser comparada con un mar tormentoso de convicciones apasionadas, basadas en el deseo; sobre ese mar flotan arriesgadamente unos cuantos botes pequeñitos, que transportan un cargamento de creencias demostradas científicamente.
No debemos deplorar del todo que así sea; la vida tiene que ser vivida, y no hay tiempo para demostrar racionalmente todas las creencias por las que nuestra conducta se regula. Sin cierto saludable arrojo, nadie podría sobrevivir largo tiempo.
El método científico debe, pues, por su propia naturaleza, limitarse a las más solemnes y oficiales de nuestras opiniones. Un médico que aconseja un régimen, lo dará después de tomar en cuenta todo lo que la ciencia tiene que decir en el asunto; pero el hombre que sigue su consejo no puede detenerse a comprobarlo, y está obligado, por consiguiente, a confiar no en la ciencia, sino en la creencia de que su médico es un científico.
Una comunidad impregnada de ciencia es aquella en la que los expertos reconocidos han llegado a sus opiniones por métodos científicos; pero es imposible para el ciudadano en general repetir por sí mismo el trabajo de los expertos. Hay en el mundo moderno un gran conglomerado de conocimientos bien comprobados en todo género de asuntos; y el hombre corriente los acepta por autoridad, sin necesidad de dudar. Pero tan pronto como cualquier pasión violenta interviene para torcer el juicio del experto, éste se hace indigno de esa confianza, cualquiera que sea el bagaje científico que posea. Las opiniones de los médicos sobre el embarazo, el alumbramiento y la lactancia hallábase impregnadas hasta hace poco de cierto sadismo. Hicieron falta, por ejemplo, más pruebas para persuadirles de que los anestésicos pueden ser empleados en el parto que las que se necesitarían para persuadirles de lo contrario. A cualquiera que desee pasar una hora divertida le aconsejo que atienda a las tergiversaciones de eminentes craneólogos, en sus intentos de probar por medidas cerebrales que las mujeres son más estúpidas que los hombres. No son, sin embargo, los yerros de los hombres de ciencia lo que nos interesa cuando tratamos de describir el método científico.
Una opinión científica es aquella para la cual hay alguna razón de creerla verdadera; una opinión no científica es aquella que se sustenta en alguna razón distinta de su probable verdad. Nuestra era se distingue de todas las eras anteriores al siglo XVII por el hecho de que algunas de nuestras opiniones son científicas en el sentido antes expresado. Exceptúo las cuestiones de mero hecho, toda vez que la generalización en un grado mayor o menor es una característica esencial de la ciencia, y que los hombres (con la excepción de unos pocos místicos) nunca han sido capaces de negar totalmente los hechos evidentes de su existencia diaria. Los griegos, eminentes en casi todos los ramos de la actividad humana, hicieron —y ello es sorprendente— poco para la creación de la ciencia.
La gran hazaña intelectual de los griegos fue la geometría, que juzgaban como un estudio a priori, derivado de premisas evidentes por sí mismas y que no requerían verificación experimental. El genio griego fue deductivo más que inductivo, y dominó por ello en matemáticas. En las edades siguientes, las matemáticas griegas fueron casi olvidadas, mientras otros productos de la pasión griega por la deducción sobrevivían y florecían, sobre todo la teología y el derecho. Los griegos observaron el mundo como poetas más que como hombres de ciencia; en parte, creo, porque toda actividad manual era indigna de un caballero, de suerte que todo estudio que requiriese experimentos parecía un poco vulgar. Quizá fuera caprichoso relacionar con este prejuicio el hecho de ser la astronomía la rama en que los griegos se mostraron más científicos, ya que aquella ciencia se refiere a cuerpos que sólo pueden ser vistos y no tocados. Sea lo que fuere, es notable lo mucho que los griegos descubrieron en astronomía. Afirmaron desde el principio que la Tierra es redonda, y algunos de ellos llegaron a la teoría de Copérnico de que la revolución de la Tierra, y no la revolución de los cielos, es la que origina el movimiento diurno aparente del Sol y de las estrellas. Arquímedes escribe al rey Gelón de Siracusa y le dice: «Aristarco de Samos ha compuesto un libro en el que menciona algunas hipótesis, cuyas premisas llevan a la conclusión de ser el universo mucho mayor de lo que hasta ahora se ha supuesto. Sus hipótesis son que las estrellas fijas y el Sol permanecen inmóviles; que la Tierra gira alrededor del Sol en la circunferencia de un círculo, estando situado el Sol en el centro de la órbita».
Así los griegos descubrieron no sólo la rotación de la Tierra, sino también su revolución alrededor del Sol. Fue el descubrimiento de que un griego había sostenido esta opinión lo que animó a Copérnico a hacerla revivir. En los días del Renacimiento, cuando vivía Copérnico, se afirmaba que cualquier opinión que hubiese sido sustentada por un antiguo tenía que ser verdadera, y que una opinión no sustentada por ningún antiguo no podía merecer respeto. Dudo de que Copérnico hubiera nunca llegado a ser un copernicano, si no hubiese existido Aristarco, cuya opinión permaneció olvidada hasta el renacimiento de la enseñanza clásica. Los griegos también descubrieron métodos válidos para medir la circunferencia de la Tierra. El geógrafo Eratóstenes la estimaba en 250.000 estadios (unos 38.000 kilómetros), que no está muy lejos de la verdad. El más científico de los griegos fue Arquímedes (257-221 antes de Cristo).
Como Leonardo de Vinci, en una época posterior, consiguió el favor de un príncipe por su habilidad en las artes de la guerra, y como a Leonardo, fuere también concedido permiso para aumentar los conocimientos humanos con la condición de que disminuyese vidas humanas. Sus actividades en este particular fueron, sin embargo, más distinguidas que las de Leonardo, toda vez que inventó los más sorprendentes artificios mecánicos para defender la ciudad de Siracusa contra los romanos, y fue finalmente muerto por un soldado romano al ser tomada la ciudad. Se ha dicho que estaba tan absorto en un problema matemático, que no se apercibió de la llegada de los romanos.
Plutarco se avergüenza de las invenciones mecánicas de Arquímedes, que juzga apenas dignas de un caballero; pero le considera disculpable por haber ayudado a su primo el rey en un tiempo de terrible peligro. Arquímedes demostró ser un gran genio en matemáticas y poseer una habilidad extraordinaria para la invención de artificios mecánicos; pero su contribución a la ciencia, aunque notable, revela aún la actitud deductiva de los griegos, que hizo casi imposible para ellos el método experimental. Su obra sobre estática es famosa, y con razón; pero procede por axiomas, como la geometría de Euclides, y los axiomas se supone que son evidentes por sí mismos, y no el resultado de la experiencia. Su libro Sobre los cuerpos flotantes es el que según la leyenda, nació de haber resuelto Arquímedes el problema de la corona del rey Hieron, de la que se sospechaba no estar hecha de oro puro. Este problema, como es sabido, se ha supuesto que fue resuelto por Arquímedes estando en el baño. En todo caso, el método que propone en su libro para casos análogos es perfectamente válido, y aunque el libro se deriva de postulados por un método de deducción sólo cabe suponer que llegó a los postulados experimentalmente.
Esta es, quizá, la más científica (en el sentido moderno) de las obras de Arquímedes. Pronto, sin embargo, después de su época decayó la pasión que los griegos habían sentido por la investigación científica de los fenómenos naturales, y aunque las matemáticas puras continuaron floreciendo hasta la toma de Alejandría por los mahometanos, apenas hubo avances posteriores en la ciencia natural, y lo mejor que se había elaborado, como la teoría de Aristarco fue olvidado. Los árabes fueron más experimentales que los griegos, especialmente en química.
Esperaban transmutar los metales en oro, descubrir la piedra filosofal y confeccionar el elixir de la vida. En parte por esta causa las investigaciones químicas fueron vistas con agrado. A través de la Edad Media la tradición de la civilización fue mantenida principalmente por los árabes, y de ellos adquirieron los cristianos, como Roger Bacon, casi todo el conocimiento científico que la Baja Edad Media poseía.
Los árabes, no obstante, tenían un defecto, que era el opuesto del de los griegos: buscaban hechos sueltos más que principios generales y no tuvieron la facultad de deducir leyes generales de los hechos que habían descubierto. En Europa, cuando el sistema escolástico comenzó a ceder ante el Renacimiento, hubo durante cierto tiempo una gran aversión a todas las generalizaciones y a todos los sistemas. Montaigne ilustra esta tendencia. Ama los hechos raros, particularmente si contradicen algo. No muestra deseos de reducir sus opiniones a sistemas coherentes. Rabelais, con su lema «Fais ce que voudras» es también opuesto a lo intelectual y demás grilletes.
El Renacimiento se regocijó de la recobrada libertad de especulación, y no estaba dispuesto a perder su libertad ni aun en interés de la verdad. De las figuras típicas del Renacimiento, la más científica con mucho es Leonardo, cuyos libros de notas son fascinadores y contienen muchas brillantes anticipaciones de descubrimientos ulteriores; pero no llevó casi nada a madurez y no ejerció influencia en sus sucesores científicos.
El método científico, tal como lo entendernos, aparece en el mundo con Galileo (1564- 1642), y en menor grado, con su contemporáneo Kepler (1571-1630). Kepler alcanzó la fama por sus tres leyes. Primero descubrió que los planetas se mueven en torno al Sol según elipses y no según círculos. Para la mente moderna no hay nada sorprendente en el hecho de que la órbita terrestre sea una elipse; pero para las mentes educadas a la antigua, nada, excepto un círculo o algún complejo de círculos, parecía órbita adecuada para el movimiento de un cuerpo celeste.
Según los griegos, los planetas eran seres divinos y debían, por eso, moverse en curvas perfectas. Los círculos y los epiciclos no lastimaban sus susceptibilidades estéticas pero una órbita encorvada o oblicua tal como es la de la Tierra, les hubiera impresionado profundamente. Una observación sin prejuicios estéticos requería por eso, en aquella época, una rara intensidad de ardor científico. Fueron Kepler y Galileo los que establecieron el hecho de que la Tierra y otros planetas giran alrededor del Sol.
Esto había sido afirmado por Copérnico, y como hemos visto, por ciertos griegos, que no habían logrado, empero, dar las pruebas de ello. Copérnico, es verdad, no encontró argumentos serios qué presentar en favor de su punto de vista. No es mera justicia para con Kepler el afirmar que al adoptar la hipótesis copernicana se apoyaba en razones puramente científicas. Se dice que en cierta época de su juventud fue partidario de la adoración del Sol, y que pensaba que el centro del universo era el único sitio digno de una tan gran deidad.
Sin embargo, sólo motivos científicos pudieron conducirle al descubrimiento de ser las órbitas planetarias elipses y no círculos. El y aún más Galileo poseyeron el método científico en su integridad. Aunque se saben actualmente muchas más cosas que las que se sabían en su época, no se ha añadido nada esencial al método. Pasaron de la observación de hechos particulares al establecimiento de leyes cuantitativas rigurosas, por medio de las cuales los hechos particulares futuros podían ser predichos. Chocaron profundamente con sus contemporáneos, en parte porque sus conclusiones se enfrentaban por su naturaleza con las creencias de aquella época; pero en parte también porque la creencia en la autoridad había impulsado a los eruditos a limitar a las bibliotecas sus investigaciones, y los profesores estaban angustiados ante la sugestión de que podría ser necesario contemplar el mundo para saber cómo es.
Hay que reconocer que Galileo era algo travieso. Siendo aún muy joven, fue nombrado profesor de matemáticas en Pisa; pero como el salario era miserable, no parece haberse ilusionado con que se esperasen de él grandes cosas. Comenzó escribiendo un tratado contra el uso del birrete y de la loga en la Universidad, tratado que pudo quizá popularizarse entre los estudiantes; pero que fue acogido con gran descontento por sus compañeros los profesores. Se divertía buscando ocasiones que pusiesen en ridículo a sus colegas. Estos afirmaban, por ejemplo —basándose en la física de Aristóteles—, que un cuerpo que pesase diez libras caería de una altura determinada en una décima parte del tiempo que necesitaría un cuerpo que pesase una libra. Una mañana subió Galileo a lo alto de la torre inclinada de Pisa con dos pesos de una y diez libras, respectivamente, y en el momento en que los profesores se dirigían con, grave dignidad a sus cátedras, en presencia de los discípulos, llamó su atención y dejó caer los dos pesos a sus pies desde lo alto de la torre. Ambos pesos llegaron prácticamente al mismo tiempo.
Los profesores, sin embargo, sostuvieron que sus ojos debían haberles engañado, puesto que era imposible que Aristóteles se equivocase. En otra ocasión fue aún más atrevido. Giovanni dei Medici, que era gobernador de Liorna, inventó una máquina de dragar, de la que estaba muy ufano. Galileo afirmó que, hiciese lo que hiciese, no lograría dragar con ella; como así resultó. Esto indujo a Giovanni a hacerse un entusiasta aristotélico. Galileo se hizo impopular y fue silbado al explicar su curso, hecho que también le ha sucedido a Einstein en Berlín. Después hizo un telescopio e invitó a los profesores a mirar por él los satélites de Júpiter. Los profesores rehusaron, exponiendo como motivo que Aristóteles no había mencionado dichos satélites, y que, por eso, cualquiera que pensase que lo veía tenía que estar equivocado. El experimento de la torre inclinada de Pisa corroboró la primera investigación importante de Galileo, o sea, el establecimiento de la ley de caída libre de los graves.
Según dicha ley, todos los cuerpos caen a la misma velocidad en el vacío, y al término de un tiempo determinado han adquirido una velocidad proporcional al tiempo durante el cual han estado cayendo y han recorrido un espacio proporcional al cuadrado de dicho tiempo. Aristóteles había sostenido otra cosa; pero ni Aristóteles ni ninguno de sus sucesores, durante cerca de dos mil años, se habían tomado la molestia de averiguar si lo que sostenían era verdad. La idea de hacer esta investigación era una novedad, y la falta de respeto de Galileo a la autoridad fue considerada como abominable. Tenía, como es natural, muchos amigos, hombres para quienes el espectáculo de la inteligencia era delicioso en sí mismo.
Pocos de estos hombres, sin embargo, ocupaban puestos académicos, y la opinión universitaria era enconadamente hostil a los descubrimientos de Galileo. Como todo el mundo sabe, tuvo que ver con la Inquisición al final de su vida, por sostener que la Tierra gira alrededor del Sol. Había tenido un primer encuentro de menos importancia, del cual saliera sin gran quebranto; pero el año 1632 publicó un libro de diálogos sobre los sistemas de Copérnico y Ptolomeo, en el que cometió la temeridad de colocar en boca de un personaje llamado Simplicio algunas observaciones que habían sido hechas por el Papa.
El Papa mantenía relación amistosa con Galileo; pero en esta ocasión se puso furioso. Galileo vivía en Florencia en buena amistad con el Gran Duque. Pero la Inquisición reclamó su presencia en Roma para juzgarle, y amenazó al Gran Duque con castigos y multas si continuaba amparando a Galileo. Este tenía por entonces setenta años; estaba muy enfermo y se iba quedando ciego. Envió un certificado médico para demostrar que no estaba en condiciones de viajar; a lo cual la Inquisición respondió enviándole un médico de los suyos, con órdenes de que tan pronto se repusiese lo bastante fuese traído a Roma cargado de cadenas. Al enterarse de que esta orden se iba a llevar a cabo, se puso voluntariamente en camino. Con amenazas se le obligó a hacer acto de sumisión.
No es verdad que después de recitar la abjuración dijese entre dientes: «Eppur si muove». Fue la gente quien dijo esto, y no Galileo. La Inquisición afirmaba que la suerte de Galileo «sería un ejemplo para que los demás se abstuviesen de delincuencias de este género».
En esta afirmación acertó, por lo menos en lo que se refiere a Italia. Galileo fue el último, en efecto, de los grandes italianos. Ningún italiano, desde entonces, ha sido capaz de delincuencias de ese género.
El conflicto entre Galileo y la Inquisición no es meramente el conflicto entre el libre pensamiento y el fanatismo, o entre la ciencia y la religión: es además un conflicto entre el espíritu de inducción v el espíritu de deducción. Los que creen en la deducción como método para llegar al conocimiento se ven obligados a tomar sus premisas de alguna parte, generalmente de un libro sagrado. La deducción procedente de libros inspirados es el método de llegar a la verdad empleado por los juristas, cristianos, mahometanos y comunistas… Y puesto que la deducción, como medio de alcanzar el conocimiento fracasa cuando existe duda sobre las premisas, los que creen en la deducción tienen que ser enemigos de los que discuten la autoridad de los libros sagrados.
Galileo discutió a Aristóteles y a las Escrituras, y con ello destruyó todo el edificio del conocimiento medieval. Sus predecesores sabían cómo fue creado el mundo, cuál era el destino del hombre y los más profundos misterios de la metafísica, y los ocultos principios que rigen la conducta de los cuerpos. En el universo moral y material nada era misterioso para ellos, nada oculto; todo podía ser expuesto en metódicos silogismos. Comparado con todo este caudal, ¿qué les quedaba a los partidarios de Galileo? Una ley de caída de los graves, la teoría del péndulo y las elipses de Kepler. ¿Puede sorprender, ante esto, que los eruditos protestasen a voz en grito de la destrucción de sus conocimientos, ganados tan laboriosamente? Así como el sol naciente disipa la multitud de las estrellas, así las escasas verdades comprobadas por Galileo desvanecieron el firmamento centelleante de las certezas medievales.
Sócrates había dicho que él era más sabio que sus contemporáneos, porque él sólo sabía que no sabía nada. Esto era un artificio retórico. Galileo pudo haber dicho con verdad que no sabía gran cosa, pero sabía que sabía algo, mientras sus contemporáneos aristotélicos no sabían nada y pensaban que sabían mucho. El conocimiento, considerado como opuesto a las fantasías de realización de los deseos, es difícil de alcanzar.
Un poco de contacto con el verdadero conocimiento hace menos aceptables las fantasías. Por regla general, el conocimiento es más difícil de lograr que lo que suponía Galileo, y mucho de lo que él creía era sólo aproximado; pero en el proceso de adquirir un conocimiento seguro y general, Galileo dio el primer paso. Por eso es el padre de los tiempos modernos. Tanto lo que nos gusta como lo que nos disgusta de la edad en que vivimos —su crecimiento de población, su mejoramiento en sanidad, sus trenes, automóviles, radio, política y anuncios de jabón—, todo proviene de Galileo. Si la Inquisición le hubiese tomado joven, no podríamos ahora gozar de las delicias de la guerra aérea y de los gases envenenados, ni, por otra parte, de la disminución de la pobreza y de las enfermedades, que es característica de nuestra época. Es costumbre entre cierta escuela de sociólogos menospreciar la importancia de la inteligencia y atribuir todos los grandes sucesos a grandes causas impersonales. Juzgo esto una completa ilusión. Creo que si cien de los hombres del siglo XVII hubiesen muerto en la infancia, no existiría el mundo moderno. Y de esos ciento, Galileo es el principal”
Referencia bibliográfica:
Russell, Bertrand. (1931). The Scientific Outlook. Londres: Ed. George Allen & Unwin
Agradecimiento: JCT