No hace falta festejo para sentirlo: alcanza con recordar a quién, de un modo u otro, nos hizo estar.
Cada octubre llega el Día de la Madre. Y aunque el tiempo pase, sigue siendo una fecha que se siente.
Algunos lo vivirán en familia, otros en silencio. Habrá quienes compraron regalos; otros mirarán una foto o se dejarán llevar por recuerdos. En todo caso, moviliza.
En lugares como Concordia, los gestos simples —un saludo temprano, una visita al cementerio, quizás— son muestras de una jornada que toca la emocionalidad, sin necesidad de demasiadas palabras.
Más allá de la publicidad, el día deja ver algo íntimo: la manera en que cada uno se vincula con la figura materna.
No todos tienen a quién ir a ver o con quién compartir. Sin embargo, algo del día atraviesa igual: un recuerdo, una voz, una costumbre.
No hace falta decir mucho. Basta con reconocer que, entre la ausencia y la presencia, hay algo que siguirá marcando una parte de nuestras vidas.
Quizás todos los días, o cualquier día por qué no, debería ser el día de la madre.
CT