Como señala Eduardo Arraiza (2019) el éxito de las gestiones en los gobiernos locales tiene una vinculación muy fuerte con las condiciones de liderazgo de los intendentes. ¿Qué persona deseamos nos gobierne?
A continuación, reproducimos – no tienen desperdicio – párrafos textuales del Manual de gestión municipal:
La creatividad en la formulación de las políticas públicas y el consenso en su planificación reflejan una administración municipal con la dirección adecuada.
Para esto, claro, hay que encontrar un líder con capacidad de gestión.
La palabra líder deriva de la voz anglosajona leader, que hace referencia a la persona que muestra a otros el camino apropiado a lo largo de un recorrido y a alguien cuya opinión influye en las decisiones políticas.
Una vez castellanizada, la palabra líder sustituyó el concepto de caudillo (Llerena Amadeo y Ventura, 1997:578) y es explicada en el Diccionario de la Lengua Española como quien es jefe o conductor de un partido político o una organización social.
El líder debe poseer la cualidad del carisma, algo que lo destaca de los demás y le permite “influir sobre ellos, atraerlos, conducirlos, orientarlos, y ello, a veces, tan sólo con una opinión, con un gesto, con una palabra, o con una actitud” (Llerena Amadeo y Ventura, 1997:578). Ahora bien, hay quienes son líderes por su prudencia, justicia y autoridad.
En este caso, Llerena Amadeo y Ventura analizan las condiciones de un liderazgo auténtico, que es aquel que “buscará constituir una elite que lo ayude en su tarea de gobernar y dé continuidad a sus ideas, a sus esfuerzos y a su acción de gobierno” y, además, “pretenderá, buscar rodearse de los mejores, su acción será dinámica y tratará de originar un movimiento que ha de fructificar en la obtención de los más altos valores por parte de la comunidad” (Llerena Amadeo y Ventura, 1997:581).
Ambos autores insisten también en que la presencia de un líder en nada debe disminuir la capacidad que tienen todos los ciudadanos de constituir una verdadera comunidad. Cuando el hombre actúa, lo hace movido por un fin. Cuando el líder político actúa, lo hace también movido por un fin u objetivo al que desea llegar, convencido de su necesidad. Destacan Llerena Amadeo y Ventura que “toda práctica política es causada por una teoría política; esta se nutre de una ética y toda ética descansa en una antropología” (Llerena Amadeo y Ventura, 1997:39).
Se advierte, además, según estos autores, que toda concepción del hombre y, por ende, de la moral, tienen una raíz teológica. Incluso las más alejadas del reconocimiento de Dios, “pues ellas se apoyan en la deificación de la materia, de la raza, de la nación, de la clase o del progreso, con lo que, también, tendrán un concepto de divinidad, aunque utilicen un sustituto de Dios” (Llerena Amadeo y Ventura, 1997:39).
Puede interpretarse además que la política y la moral no son ajenas entre sí, porque “estando la política al servicio del hombre, busca un bien para este y al ser ésta su finalidad se inscribe dentro de los presupuestos y principios de la moral” (Llerena Amadeo y Ventura, 1997:41).
La relación se produce, entonces, en el plano científico, y en el práctico: “En el primero, la política recibe de la moral los lineamientos fundamentales, en el segundo, la actividad del gobernante se ajusta a normas que permiten que la actividad del hombre se ciña a lo bueno y justo, y se aparte de lo malo” (Llerena Amadeo y Ventura, 1997:41).
Valores y virtudes: la prudencia.
En su análisis sobre los valores para el liderazgo, Roberto Estévez asegura que todo liderazgo se basa en valores socialmente apreciables, encontrándonos actualmente en un contexto de “sensibilidad postmoderna” caracterizado por un desencanto de “la razón, desconfianza de la verdad y de los bienes”.
Lo propio del líder es “su capacidad para defender con competencias unos valores objetivos, apreciados en su adecuación a un ahora y un aquí concretos” (Estévez, 2008:507). A modo de conclusión de su trabajo sobre comportamiento humano y valores, expresa Estévez que “las virtudes requieren un camino constante para alcanzarlas; la constancia es importante en la educación del liderazgo porque nos hace más libres”.
La virtud, por lo tanto, “no se alcanza por asalto, toda costumbre perfectiva requiere ejercicio y continuidad, se irán armando cadenas de operaciones que vayan trabajando la costumbre para la realización de actos que me perfeccionen” (Estévez, 2008:513).
La virtud será la fuerza de la libertad del individuo; su ausencia, la limitación de su libertad.
Con respecto a la prudencia, puede decirse que es muy propio de esta virtud elegir el bien y obrarlo. “La única garantía de la bondad de la acción humana singular la da la virtud de la prudencia; a nadie sino a ella le compete el oficio de emitir un juicio recto sobre la materia concreta agible, donde se diga cómo hay que obrar ahora”, destacaba Julio Irazusta (Díaz Araujo, 1995).
El acto prudente, por lo tanto, consiste en la correcta elección “del bien”.
La prudencia puede ser individual (busca el bien humano del individuo) o social (busca el bien humano de una asociación).
La prudencia social, a su vez, puede ser familiar (doméstica) o política (cuando se refiere al bien común del Estado).
Para Llerena Amadeo y Ventura, “el objeto de la prudencia política consiste en concluir rectamente cuáles son los medios acertados para que la acción del hombre, como miembro de la comunidad, no se desvíe del bien común, que es también su bien propio” (Llerena Amadeo y Ventura, 1997:42).
Una distinción más nos acerca definitivamente a la acción del gobernante: la prudencia política puede ser obediencial (de los gobernados) o arquitectónica (de los gobernantes).
La prudencia política del gobernante es arquitectónica “porque debe obrar atendiendo al bien de toda la comunidad, y dirigirla íntegramente hacia la prosecución de ese bien” (Sampay, 1951:478).
Para adquirir la virtud de la prudencia es necesario aprehender la realidad a través de la ciencia política, que tiene por objeto “el estudio de los principios universales y abstractos del comportamiento del hombre como miembro del Estado” (Sampay, 1951:482).
La prudencia política “es la virtud mediante la cual se aplican esos principios universales y abstractos a determinadas circunstancias, dirigiendo el concreto obrar político; dentro de ella, la prudencia política arquitectónica es la que permite dirigir el total de la comunidad política” (Sampay, 1951:482).
En coincidencia con lo anterior, destacaba Octavio Derisi que los que se consideran con vocación política, con vocación de conductores de la sociedad, deben “comenzar por estudiar la ciencia rectora de la misma, la Filosofía o Ciencia Política, para conocer los caminos rectos por donde se debe conducir a los miembros de la sociedad para lograr su fin” (Derisi, 1972:23).
Deben además esforzarse “por enriquecer su voluntad con la virtud de la justicia, o sea, deben saber conducir con justicia y estar habitualmente inclinados a ajustarse a normas” (Derisi, 1972:23).
De esta manera, las cualidades innatas de gobierno de los líderes, su vocación política, “enriquecida además con la virtud de la prudencia, conducirán no sólo con precisión y eficacia a los miembros de la sociedad a su fin, sino también y sobre todo, lo harán con sabiduría y justicia” (Derisi, 1972:23).
Las políticas públicas, destaca Emilio Graglia, “deben orientarse a alcanzar una calidad de vida deseada como bien común, si no lo hacen, los planes (programas y proyectos) y las actividades estatales (del gobierno y la administración pública) no merecen llamarse políticas públicas” (Graglia, 2014:17).
En esa línea, diseñar y gestionar políticas a los fines del bien común supone “la formulación e implementación de planes (programas o proyectos) y actividades estatales que busquen el desarrollo integral del hombre en la sociedad” (Graglia, 2014:17).
¿Cuáles son esos valores y esas condiciones que posibilitan el desarrollo integral del hombre en la sociedad?
Para Graglia, la respuesta depende del marco teórico que se siga, y en su caso, “los valores del bien común y, consecuentemente, del desarrollo integral, son cuatro: la verdad, la libertad, la justicia y la solidaridad” (Graglia, 2014:17)
Arraiza, Eduardo, (2019), Manual de gestion municipal, 2a ed ampliada, Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Konrad Adenauer Stiftung