Director: Silvio Verliac              

En Concordia el hambre no es noticia: es costumbre. Más de la mitad de la ciudad vive en la pobreza. Y los menores, en su mayoría, comen guiso en comedores. Hace veinte años fui a verlos. Hoy, todo sigue igual. Más naturalizado. Y también, la corrupción.

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En Concordia el hambre no es una noticia. Es una rutina. Una política de Estado no declarada.

Desde hace más de 20 años —probablemente muchos más— los chicos de Concordia almuerzan en comedores escolares o comunitarios. Lo hacen en silencio, sin fotos, sin gestos heroicos. A veces comen arroz, a veces fideos. A veces no.

En los últimos días se volvió a hablar del tema. Una nueva denuncia por corrupción en las partidas alimentarias. Una más. Esta vez se investiga el faltante de más de 66 millones de pesos destinados a comedores. Una funcionaria provincial, acusada de manejar fondos fantasmas y designar familiares. No es cine: es Entre Ríos.

Y Concordia, claro, vuelve a entrar en la frase hecha: “la segunda  ciudad más pobre del país”.

Casi 100.000 personas por debajo de la línea de pobreza. Más del 70% son menores de edad. Pero esto no es una novedad. Es una costumbre

Yo mismo hice informes en esos comedores hace más de dos décadas. Vi los platos. Vi lo que no estaba en los platos. Carne, proteínas, verduras: lujo asiático. En ese momento me impactó la precariedad. Hoy lo que impresiona es otra cosa: lo acostumbrados que estamos.

No se trata de estigmatizar. Es todo lo contrario. Los chicos de entonces hoy tienen unos 25 años. Y siguen el mismo ciclo. Porque el hambre infantil no es solo una necesidad: es una condena a futuro. Se paga en salud, en aprendizaje, en posibilidades.

Y si uno mira los datos con la misma calma con la que los leen los funcionarios, descubre esto: el delito común en Concordia es el narcomenudeo. Una línea recta une las dos cosas. Nadie la menciona.

La ciudad se inunda periódicamente

El río Uruguay crece. La costanera se tapa. Las cámaras filman. Los políticos caminan con botas.

Pero la pobreza también inunda, y nadie puede taparla. No hay botas para la pobreza. Ni acto. Ni prensa. Ni excusa climática.

Los medios locales hacen su parte. Algunos con valentía, otros con resignación. Informan que Cáritas duplicó su asistencia, que cerraron 85 comedores por “irregularidades”, que hay movilizaciones de vecinos pidiendo que no se corte lo único caliente que llega a la mesa.

Mientras tanto, los niños de Concordia aprenden que hay que almorzar rápido. Que no hay segundas porciones. Que a veces toca arroz, a veces fideos. 

Concordia no improvisa. Llevamos años entrenando para la pobreza. Y lo hacemos bien. 

El verdadero problema no es sólo que falte comida. Es que ya nadie se sorprenda. Curioso.

Por Silvio Verliac
Casa Tomada / Concordia, junio de 2025