Director: Silvio Verliac              

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En Los Teólogos, Borges abre su relato con una evocación de La Ciudad de Dios de Agustín de Hipona. Allí Agustín había descrito dos ciudades enfrentadas: la terrena, edificada sobre el amor propio hasta el desprecio de Dios; y la celestial, levantada sobre el amor a Dios hasta el desprecio de sí. Esa tensión entre lo divino y lo humano, entre el juicio y la gracia, atraviesa también la historia que Borges va a narrar.

 

Sus protagonistas, Aureliano y Juan de Panonia, son monjes, eruditos, hombres de fe. Pero una herejía los enfrenta: una disputa sobre el tiempo y sobre la eternidad del castigo. Juan sostiene la linealidad del tiempo y que en el juicio divino hay redención. Aureliano, es defensor de la ortodoxia.

Juan cita Mateo 6:7: “Cuando oren, no hablen mucho, como hacen los paganos. Ellos creen que por hablar mucho serán escuchados. No hagan como ellos, porque el Padre que está en el cielo sabe bien qué es lo que les hace falta, antes que se lo pidan.”

Y luego invoca un pasaje de Plinio que “pondera que en el dilatado universo no haya dos caras iguales. Lo mismo —dice— ocurre con las almas. El pecador más vil es precioso como la sangre que vertió Jesucristo.”

Ahí está el centro del cuento. Lo que Borges pone en boca del Juan de Panonia no es una blasfemia, sino, entendemos, una teología radical del amor.

Una defensa del alma individual, irrepetible, pero redimible. Una afirmación de que el juicio no puede ser eterno si el amor es absoluto.

En el cuento de Borges llega el giro final.

Aureliano el ortodoxo, el que con su delación condenó a la hoguera a Juan de Panonia, muere él en un incendio, y en el paraíso descubre la verdad última:

“Tal vez cabría decir que Aureliano conversó con Dios, y que Éste se interesa tan poco en diferencias religiosas que lo tomó por Juan de Panonia. Ello, sin embargo, insinuaría una confusión de la mente divina. Más correcto es decir que en el Paraíso, Aureliano supo que para la insondable divinidad, él y Juan (el ortodoxo y el hereje, el aborrecedor y el aborrecido, el acusador y la víctima) formaban una sola persona.”

La unidad, revelada después de la muerte, no es abolición de las diferencias. Es una transfiguración: el reconocimiento, a nuestro entender, que el alma, incluso dividida por el dogma o la historia, es una en el amor eterno.

Y acaso, nos diga algo sobre el presente.  

Deja entrever quizás Borges, en su cuento, que el juicio más profundo no es humano, no es inmediato, no es ruidoso.

El nuevo Papa, por cierto, es agustino. Agustín de Hipona, que sería luego conocido simplemente como San Agustín, fue quien dio origen a la elección del cuento.

S.U.A.V.