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El Libertador falleció el 17 de agosto de 1850 en la localidad francesa de Boulogne-sur-Mer. Félix Frías, que por entonces se hallaba en París, salió para Boulogne al conocer la gravedad del ilustre enfermo. Cuando llegó, San Martín había muerto. Más tarde Frías escribió esta crónica, que compartimos con ustedes en el 174º aniversario del Paso a la Inmortalidad del Libertador de América.

 

 

La Revolución de 1848 que inauguró en Francia la Segunda República, trajo consigo serios desórdenes que decidieron al general San Martín a retirarse de París y vender su casa de Grand Bourg. Se instaló en Boulogne-sur-Mer, alquilando un piso en la casa de M. Gerard, abogado y bibliotecario de la ciudad. Allí vivió todavía cerca de dos años. Estaba casi ciego y aumentaban sus achaques, aunque mantenía toda su lucidez mental. En 1850 fue llevado a Enghien, cerca de París, donde hizo su última cura de baños. Vuelto a Boulogne, decayó gravemente. En una de sus crisis, dijo a su hija en francés: - C'est  l'orage qui mène au port (es la tormenta que conduce al puerto)... Félix Frías, que entonces se hallaba en París, salió para Boulogne al conocer la gravedad del ilustre enfermo. Cuando llegó, el 17 de agosto de 1850, San Martín había muerto. Frías escribió días después esta crónica:

MUERTE DEL GENERAL SAN MARTIN

París, Agosto 29 de 1850

Cumplo hoy con el doloroso deber de comunicar al Mercurio la más triste noticia que pueda trasmitirse a las repúblicas de la América del Sud, la muerte del general don José de San Martín. En la noche del 17 salí para el puerto de Boulogne, acompañado por un compatriota, con el objeto de visitar al ilustre enfermo, cuya salud se hallaba en estado alarmante, como anuncié a usted el mes pasado. En la mañana del siguiente día, supimos la noticia de su muerte, acaecida el mismo día de nuestra partida.

Don Mariano Balcarce, esposo de la noble hija del general, nos refirió, con el corazón destrozado por el dolor y bañados los ojos en lágrimas, sus últimos momentos.

El 17, el general se levantó sereno y con las fuerzas suficientes para pasar a la habitación de su hija, donde pidió que le leyeran los diarios, que el estado de su vista no le permitía desde mucho tiempo leer por sí mismo. Hizo poner rapé en su caja para convidar al médico que debía venir más tarde, y tomó algún alimento. Nada anunciaba en su semblante ni en sus palabras el próximo fin de su existencia.

El médico le había aconsejado que trajera a su lado una hermana de caridad, a fin de ahorrar a su hija las fatigas ya tan prolongadas de sus cuidados, y a fin de que el mismo enfermo tuviera más libertad para pedir cuanto pudiera necesitar, lo que a veces no hacía por no molestar a su hija. Esta señora no quería ceder a nadie el privilegio, tan grato para su amor filial y de que disfrutó hasta el último instante, de asistir a su padre en su penosa enfermedad.

El señor Balcarce salió en la mañana del mismo día a hacer esa diligencia, acompañado por Don Javier Rosales, a quien comunicó las esperanzas que abrigaba en el restablecimiento del general y su proyecto de hacerle viajar; tan lejos estaba de prever la desgracia que le amenazaba y tanta confianza le inspiraba el estado, en ese día y los anteriores, de su padre.

El señor Rosales procuró disipar esas ilusiones que podían hacer más sensible el golpe que él consideraba inmediato, y sus tristes predicciones no tardaron, por desgracia, en realizarse.

Después de las dos de la tarde, el general San Martín se sintió atacado por sus agudos dolores nerviosos al estómago. El doctor Jardón, su médico, y sus hijos estaban a su lado. El primero no se alarmó y dijo que aquel ataque pasaría como los precedentes. En efecto, los dolores calmaron, pero, repentinamente el general, que había pasado al lecho de su hija, hizo un movimiento convulsivo, indicando al señor Balcarce con palabras entrecortadas que la alejara, y expiró casi sin agonía. Es más fácil comprender que explicar la aflicción de sus hijos en presencia de esa muerte tan súbita e inesperada.

Algunos días antes, el general se sintió atormentado en la noche por sus dolores, tomó una dosis de opio mayor que la prescripta para calmarlos, y en la mañana siguiente amaneció moribundo. Las aplicaciones de sinapismo lograron reanimarlo, pero vino luego una reacción con fiebre violenta, que entiendo ha influido en su muerte imprevista, a pesar de las engañosas apariencias de mejoría que se notaron en los cuatro últimos días.

En la mañana del 18 tuve la dolorosa satisfacción de contemplar los restos inanimados de este hombre, cuya vida está escrita en páginas tan brillantes de la historia americana. Su rostro conservaba los rasgos pronunciados de su carácter severo y respetable. Un crucifijo estaba colocado sobre su pecho, otro en una mesa entre dos velas que ardían al lado del lecho de muerte. Dos hermanas de caridad rezaban por el descanso del alma que abrigó aquel cadáver.

Bajé enseguida a una pieza inferior, dominado por los sentimientos religiosos que se levantan en el corazón del hombre más incrédulo al aspecto de la muerte. Un reloj de cuadro negro, colgado en la pared, marcaba las horas con un sonido lúgubre, como el de las campanas de la agonía, y este reloj se paró aquella noche en las tres, hora en que había expirado el general San Martín. ¡Singular coincidencia! El reloj de bolsillo del mismo general, se detuvo también en aquella última hora de su existencia.

Al día siguiente 19, al tiempo de colocar en el féretro los restos mortales del ilustre difunto, la caja de la guardia nacional resonaba casualmente enfrente de la casa mortuoria; como si fuera homenaje militar tributado al guerrero que hizo resonar por la vez primera en las altas cimas de los Andes los clarines y tambores marciales que acompañaron en Chile, el Perú y el Ecuador, al estandarte victorioso de la independencia americana.

El 20, a las seis de la mañana, el carro fúnebre recibió el féretro, y fue acompañado en su tránsito silencioso por un modesto cortejo. Cuatro faroles cubiertos de crespón negro adornaban encendidos los ángulos superiores del carro. Seis hombres vestidos con capotes del mismo color marchaban de ambos lados. Detrás iban el señor Balcarce, llevando a su derecha al señor Darthez, antiguo amigo del general, y a la izquierda al señor Rosales, Encargado de Negocios de Chile. Marchaban en seguida don José Guerrico, un joven de Buenos Aires hijo de su hermano don Manuel, el doctor Gerard y el señor Seguier, vecinos ambos de Boulogne. El acompañamiento era humilde y propio de la alta modestia, tan digna compañera de las cualidades morales y de los títulos gloriosos de aquel hombre eminente.

El carro fúnebre se detuvo en la iglesia de San Nicolás. Allí rezaron algunos sacerdotes las oraciones religiosas en favor del alma del difunto. En aquel momento noté en una de las naves del templo la tumba dedicada a la memoria del almirante Bruix, padre de dos bizarros oficiales que murieron en América, sirviendo la cama de su independencia a las órdenes del mismo jefe que hoy venía a confundir sus restos con los del célebre almirante.

Sobre la piedra de esa tumba, se leen estas palabras que pudieran bien grabarse en la del vencedor de Maipo, con la diferencia de que la patria del general San Martín es grande como el vasto teatro de sus hazañas:

“Tan buen padre como gran general
Su familia y su patria le lloran”

Después de esta ceremonia, el convoy fúnebre continuó hasta la catedral, vasto edificio que se construye en la parte de la ciudad, llamada "alta". En una de las bóvedas de la capilla, acabada ya, fue depositado el cadáver que acompañábamos. Allí descansará hasta que sea conducido más tarde a Buenos Aires, donde según sus últimos deseos, deben reposar los restos del general San Martín. Fiel siempre a sus hábitos modestos, había él mismo manifestado la voluntad de que su entierro se hiciera sin pompa ni ostentación alguna, y así se ha hecho.

Ahí está ya, en el puerto a que todos arribamos, el hombre que fue en la América meridional un gran capitán, y que supo imitar el magnánimo desprendimiento de Washington, cediendo a su rival el teatro en que hubiera podido cubrirse aún de más gloria, y alejándose espontáneamente de los pueblos a que había dado independencia, para que se comprendiera que su única ambición era la de anularse, después de haber contribuido poderosamente a la emancipación de medio mundo.

Veintiocho años ha pasado en su voluntaria proscripción, sin que jamás haya salido de sus labios una sola palabra de queja, a pesar de que la calumnia y la ingratitud hicieron llegar más de una vez al apartado lugar de su retiro los destemplados clamores que jamás conturbaron la paz de su alma. Ese es el puerto, sí; el mismo general, en uno de los momentos en que le afligían sus crudos dolores, decía a su hija, tan digna por su virtud de ser la heredera de su gloria, en el idioma del pueblo que habitaba: C’est l’orage qui mène au port. ¡La tormenta que conduce al puerto! ¡Bellas palabras y llenas de verdad! ¡Cuál otro que la muerte es el puerto en que descansan, después de las fatigas de la vida, los hombres como el general San Martín! No le bastó después de sus espléndidos triunfos, decir a los pueblos que había emancipado: -"Ved que soy un hombre honrado"- y ha sido preciso que llegara lleno de años y de abnegación al borde de su tumba, para que la justicia empezara para él. El fallo de esa justicia humana no es completo, por desgracia, sino después que los hombres ven cadáver al que fue en vida libertador, después que el héroe ha entrado a ese puerto del que no se regresa a la tierra.

Si el general San Martin no se quejaba de la ingratitud, tenía memoria para los beneficios, si es que pueden llamarse así las justas recompensas acordadas por los gobiernos de Chile y del Perú a sus grandes servicios. En cuanto a la conducta, respecto de él, del actual y de los anteriores gobiernos de su propio país, imitaré, en presencia de esa augusta tumba, el noble silencio del patriota generoso y puro que ella encierra.

La catedral, cuyas bóvedas subterráneas contienen los restos del general San Martín, remonta su alta cúpula no lejos de la columna erigida a Napoleón en el célebre campo de Boulogne, donde concibió el atrevido proyecto de invadir la Gran Bretaña. Allí mismo fue donde el genio militar del siglo distribuyó solemnemente las cruces de honor a los valientes soldados de su ejército.

El general San Martín no sólo concibió sino realizó la empresa no menos audaz, considerada la diferencia de los medios, del paso de los Andes, con un ejército que tenía que hacer esa conquista sobre la naturaleza antes de conquistar para la independencia a dos Estados americanos. Y sin embargo, un solo monumento no se eleva en todo el vasto territorio que recorrió aquel guerrero con sus tropas victoriosas desde San Lorenzo hasta Pichincha. ¡Ingratitud de los pueblos, comparable sólo con el desprendimiento del héroe!

Hacía algún tiempo que el general consideraba próxima su muerte; y esta triste persuasión abatía su ánimo, ordinariamente melancólico y amigo del silencio y del aislamiento. El día 6 escribió en su cartera algunas palabras afectuosas de despedida para sus hijos. Su razón, sin embargo, se ha mantenido entera hasta el último momento; y puede decirse que su alma enérgica se ha lanzado de la tierra cuando le faltó cuerpo que habitar.

En algunas conversaciones que tuve con él en Enghien, lugar vecino a París, cuyas aguas le habían recetado los médicos, pude notar, un mes antes de su muerte, que su inteligencia superior no había declinado. Vi en ella el sello del buen sentido que es para mí el signo inequívoco de una cabeza bien organizada. Hablaba con entusiasmo de la prodigiosa naturaleza de Tucumán y de las otras provincias argentinas; y como Rivadavia en sus últimos días, abrigaba fe viva en el porvenir de aquellos países. Recordaba siempre con gratitud el noble carácter y el apoyo que encontró para su gran campaña de Chile en los habitantes de las provincias de Cuyo; y su memoria conservaba frescos y animados recuerdos de los hombres y los sucesos de su época brillante.

Nada simpático por el movimiento revolucionario en que ha entrado la Francia después de Febrero, apreciaba a mis ojos con suma exactitud los defectos del carácter francés, al mismo tiempo que las calidades que lo recomiendan, y las causas de los males que hoy afligen a esta nación.

Comprendía en sus últimos días, como comprendió muy temprano y antes que el mismo Monteagudo, que la libertad requiere condiciones muy serias en los pueblos para arraigarse, y que el entusiasmo febril e irreflexivo no es su mejor garantía. La inteligencia que supo hermanar la gloria con la más bella de las virtudes, el desinterés, era bien competente para juzgar con acierto las cuestiones sociales. Su lenguaje era de un tono firme y militar, por decirlo así, cual el de un hombre de convicciones meditadas.

Permítame usted, antes de concluir, recomendar a la gratitud de los buenos americanos el celo que algunos estimables caballeros han dispensado a la familia del héroe que hemos perdido, en los amargos días de su desgracia. El señor Don Javier Rosales, Encargado de Negocios de Chile, ligado al general San Martín y a sus hijos por el doble vínculo de la amistad y de su posición, ha representado dignamente a un gobierno y a un pueblo que deben conservar recuerdos de respetuosa simpatía por el vencedor de Maipo.

Pero si se conciben esas finas atenciones de la amistad en un hijo de aquella república, son sin duda más laudables aún, en un ciudadano francés. El doctor Gerard, dueño de la casa que habitaba el general San Martín, y cuyo piso inferior ocupaba el mismo con su familia, ha desplegado una solicitud tan recomendable, que parecía inspirada por la pérdida de un glorioso compatriota suyo. Verdad es que para un corazón francés, la gloria bien adquirida no es un título de un país, sino de la humanidad entera. Este caballero, después de haber practicado con el señor Rosales todas las tristes diligencias necesarias para conducir y depositar a un cadáver en su última morada, recorrió inmediatamente los libros de la biblioteca de Boulogne, de que es director, y ha publicado un hermoso artículo necrológico en "El Imparcial", de Boulogne, del 23 de este mes, en el que sorprende que un extranjero haya podido juzgar con tanta fidelidad al guerrero y los notables sucesos en que tuvo parte tan señalada.

Espero que se me perdonará la indiscreción de copiar aquí algunos renglones de una carta dirigida por el doctor Gerard al señor Balcarce:

“Y ahora, señor, no me queda otra cosa que deciros, sino manifestaros de nuevo, con el corazón consternado, la viva aflicción que mi esposa y yo hemos experimentado y experimentaremos largo tiempo por la pérdida tan dolorosa que acabáis de hacer. Nos envanecía la posesión de un hombre de esa edad y un carácter tan grande bajo este techo que nos abriga. Esta casa estaba santificada a nuestros ojos, su pérdida deja en ella un vacío que se reproduce en nuestras almas, y que no se llenará pronto”.

El piadoso celo del doctor Gerard ha sido igualado por el de un respetable sacerdote, el abate Haffreingue, que cedió una de las capillas subterráneas de la catedral para los restos del general San Martín, y ha prodigado a su enlutada familia las benévolas atenciones de un ministro del Evangelio. A los esfuerzos infatigables de ese prelado tan ilustrado como virtuoso se debe la continuación de aquel edificio monumental.

Usted concibe la grata impresión que han debido despertar en los deudos y amigos del difunto general estos actos de delicada urbanidad que honran la tumba abierta en el sucio extranjero para recibir a un eminente ciudadano de nuestra América.

Por lo demás, la presencia entre los pocos amigos que llegaron hasta esa tumba, de un honorable anciano español, un distinguido escritor francés, un representante de Chile y un niño de la República Argentina, provoca reflexiones que es inútil expresar a usted

La América sentirá sin duda esta pérdida como debe ser sentida.

Ella será fiel a la gloriosa tradición de su origen, que es tal vez lo único que podamos contemplar con satisfacción y sin rubor. El general San Martín es venerable a mis ojos, no sólo porque fue un glorioso guerrero y porque sus victorias inauguraron con las de Bolívar la era moderna de la América antes española; es sobre todo venerable porque a sus hechos heroicos mereció asociar el título de grande hombre de bien. Este elogio tributado por el ilustre hombre de Estado de la Inglaterra, muerto no ha mucho, al rey Luis Felipe, que acaba de morir también, será la corona más bella que pueda la posteridad colocar sobre la frente de las estatuas que se erigirán un día a la memoria del general San Martín.

Félix Frías

Fuente:

- BUSANICHE, José Luis. "San Martín visto por sus contemporáneos". Instituto Nacional Sanmartiniano. Buenos Aires, 1995, páginas 327-339.

 

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