Director: Silvio Verliac              

Chalup

Cuento de fin de semana.

 

Cuento: Los Redentores

 

El lugar

El río Uruguay nace en la Sierra Geral, en la confluencia de los ríos Canoas y Pelotas, en el límite entre los estados de Río Grande del Sur y Santa Catarina, y después de 1800 kilómetros desemboca en el Río de la Plata, por lo que recorre Brasil, Uruguay y Argentina.

Al lado de tan extenso curso de agua, nacieron Los Redentores, en una población que llamaban Incordio.

Saben ustedes que el redentor rescata, libra, pone fin a la esclavitud, o el dolor, y proviene de la raíz latina redemptor, redemptōris, pero eso no tiene ninguna importancia.

No la tenía para ellos, que no sabían casi nada, excepto su oficio: engañar.

Eligieron ese nombre, porque les pareció casi bíblico, y fácilmente reconocible por los humildes, de los cuales se servían, desvergonzadamente.

Los hombres y mujeres

Las tierras de Incordio eran vastas, y tenían la peculiaridad de ser displicentes entre los ricos, que se conocían entre ellos, en distintas áreas de la población, bien reconocibles.

Las otras tierras, las de los infortunados, de piel un tanto más oscura quizás, eran notoriamente diferentes en sus construcciones, y esperaban sus habitantes, que los guiaran Los Redentores.

Los Redentores

Los Redentores predicaban con singular convicción.

El encargado de una cantina de la zona de los infortunados, que conocía a los Redentores, cuenta que se emocionó al escucharlos una vez, a sabiendas de sus tropelías.

En un diario secreto encontrado a uno de Los Redentores puede leerse: Di un conveniente discurso por casi media hora, y vi en los ojos de esa gente, que mis palabras les llegaban.

El método

El método era sencillo. Un mafioso tiene un negocio vulgar: disputarse un monopolio, eso es todo.

En cambio, Los Redentores llegaron a comandar 61.000 almas.

Cuatrocientos integraban el Concejo Alto, que promulgaban las órdenes de Redentor máximo, todos juramentados.

Recorrían las tierras de los infortunados, les prometían más libertad, y más dinero. Cansados, se dejaban vender.

La libertad final

El aspecto jurídico: en realidad los infortunados no eran vendidos ni comprados, ya que es ilegal.

La venta y compra se hacía con otros métodos más convenientes. A los locos no tenían que escucharlos, solo a ellos, so pena de perder sus beneficios de dinero y libertad, que podrían disponerles, ya que eran Los Redentores, quien podría dudarlo.

El humilde esperaba la libertad, y lo libraban de la vista, del oído, del tiempo, de la misericordia, del aire, del universo, de la esperanza y de él mismo.

Silvio Verliac

 

 

Índice de las fuentes

Life in the Mississippi, de Mark Twain

El atroz redentor Lazarus Morell, de J.L. Borges.

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