La pregunta es obvia ¿Qué hace en Honolulu, un joven de dieciocho años, sin los suficientes recursos económicos, festejando sus diecinueve allí?
Volvamos atrás en el tiempo. Brevemente. El buque partió de la bahía de San Francisco, y yo ni siquiera estaba alistado en la Marina. Era un ex cadete, recibido de Guardiamarina de Reserva, de un Liceo Naval. Un secundario, pero de la Armada.
Otra vez, en las cálidas aguas del Pacífico Central, nunca había estado en una playa, donde podía ver todo el tiempo, el fondo del mar mientras nadaba.
Pero eso fue después que ella apareció en el barco.
La disciplina era un tema para un Guardiamarina Incorporado, becado, que no estaba realmente alistado, y su viaje era un premio.
Es así que le costaba, me costaba, asumir las guardias nocturnas, de madrugada.
El resultado fue, que de la semana que estaríamos atracados en Hawái, un día no podría bajar a tierra, y cumpliría con la tarea de mostrar el buque, bello y fascinante para muchos visitantes, en puerto.
Y llegó ella. Hermosa, con su cabellera extremadamente larga, con gracia, y estilo en su andar, y un vestido floreado.
Tendría treinta y pico, asumí. Dos Guardiamarinas en Comisión, a los que les faltaba el viaje de instrucción para recibirse, le hablaban en inglés básico.
Siempre me pasa. Cuando debo entenderme en inglés o francés, hablo, no me pregunten si estudié mucho o poco, sólo hablo.
Me incorporé sutilmente a la conversación, y de pronto, soltó una risa, y comenzó a hablar en español. En argentino, para ser exactos.
Sé que todo esto parecerá fruto de mi imaginación. No me sobrevaloren. La mujer, era argentina, vivía en Honolulu y era, además, muy agradable.
Nos contó que se había casado con un yanqui, residía allí, se divorció, pero se quedó, y que su hermano estaba o había estado en la Armada, y por eso quería conocer la Fragata.
Cuando terminó de recorrer la cubierta, soltó:
- Esta es mi tarjeta. Llámenme, que les haré conocer Hawái… Continuará
Por Silvio Verliac
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