Su desplazamiento no es solamente un dato interno. Se vincula con el modo en que el presidente decide, comunica y prepara su próxima campaña. Qué implica para el gobierno, para el ciudadano y para la política argentina.

Santiago Caputo no era simplemente un estratega. Era, hasta hace pocas semanas, una de las dos personas más influyentes en el núcleo duro del presidente Javier Milei, incluso a veces hasta más que su hermana Karina. Su caída –porque es una caída– implica una reconfiguración del poder real.
Este joven de apellido tradicional, emparentado con la llamada “casta”, llegó al corazón del poder libertario sin pasar por elecciones ni cargos. Lo habilitó el propio Javier Milei. Le confió no solo la comunicación, sino el estilo. Santiago Caputo ayudó a moldear un discurso incendiario, beligerante, performático, con ejes como la batalla cultural, el “nosotros contra todos” y la idea de redención nacional a través del ajuste.
Pero algo cambió. Su figura empezó a generar más tensión que soluciones.
La salida de Santiago Caputo marca el fin de una primera etapa de gobierno.
El reordenamiento que se avecina es doble: afecta al dispositivo de comunicación y al modo en que Milei toma decisiones. Guillermo Francos gana centralidad. Martín Menem se fortalece. Karina Milei también. Y aún no se sabe quién ocupará el rol de nuevo “intérprete” del presidente ante la opinión pública.
Esta dinámica remite al concepto de groupthink, desarrollado por Irving Janis, según el cual los equipos de gobierno con alta cohesión interna y ausencia de crítica externa, tienden a tomar decisiones erradas, por encerrarse en su lógica.
La figura de Santiago Caputo funcionaba como catalizador de ese encierro: un portavoz sin frenos, con acceso directo a las teclas del poder.
Con su salida, Javier Milei pierde una parte de su blindaje ideológico. Y se enfrenta a una elección decisiva: o busca una comunicación más institucional y clara, o refuerza el misticismo críptico que lo caracteriza.
Como afirma Mariana Gené, "la comunicación política en contextos de polarización extrema se convierte en una herramienta de gobierno en sí misma, no solo de campaña".
Ahora bien, ¿quién viene? Algunos nombres suenan, pero más interesante aún es observar la continuidad narrativa. Porque todo liderazgo necesita contar una historia. Y Milei lo sabe.
En este sentido, no importa tanto el reemplazo concreto de Caputo, sino qué relato sobrevivirá: ¿la Argentina tomada por las castas, o la Argentina que avanza tras haber hecho el sacrificio?
Para el ciudadano de a pie, estas internas pueden parecer lejanas. Pero inciden directamente en cómo se comunican las decisiones económicas, en el clima social que se construye, en los consensos o rechazos que moldean el presente.
Que Javier Milei haya perdido a su principal traductor no es solo una anécdota palaciega. Es el síntoma de que algo en su núcleo se está recalibrando.
Tal vez, como decía Norberto Ponza, “cuando el mensaje se vuelve incomprensible, no es el emisor quien debe intensificar su volumen, sino revisar la frecuencia en la que habla con la sociedad”.
En política, sostener una narrativa es tan vital como tener razón. Y los silencios, cuando llegan desde la cima, no son paz: son estrategia o desconcierto. Habrá que ver qué dice el próximo capítulo.
Silvio Verliac
Casa Tomada